Posteado por: Andrés | abril 21, 2009

Orgullo (Ira V, en realidad)

Que el español es un pueblo orgulloso es un axioma de la cultura popular, tanto en España como en el extranjero. Pero cuando uno reflexiona sobre los motivos de dicho orgullo, uno se pregunta si todos los puntos de vista coinciden en una única razón.

También forma parte del conocimiento de todos que el español es un pueblo que, por naturaleza, costumbre o la razón que sea, desprecia los éxitos ajenos o que no le afectan directamente. Quizá por ello (y sin que nos demos cuenta) somos un pueblo competitivo, aunque los esfuerzos y nuestras fuerzas se malgasten en la competición interna en lugar de la competición externa.

Todo esto viene a que ayer y durante el fin de semana, los españoles nos hemos sentido orgullosos en diferentes grados. Ya sabéis que Nadal ganó por quinta vez el Open de Montecarlo, lo cual a estas alturas no es sorprendente y lo que igual no os suena demasiado es que El Bulli, el restaurante conceptual de Adrià ha resultado ser el mejor del mundo por cuarto año consecutivo (lista de Restaurant ofrecida por El País) y a que hoy se cumplen diecisiete de la puesta en marcha del primer AVE español (evento glosado por el presidente Obama, ahora que ellos se van a poner seriamente a eso de construir trenes modernos y tal). Muchas de las noticias que afectan o detallan acontecimientos que deberían llenar nuestros pechos españoles de orgullo (como muchas veces ocurre en Francia con sus propios logros o en el Reino Unido, por poner dos ejemplos) pasan desapercibidos porque favorecen a enemigos políticos o hablan bien de particularidades regionales mal vistas en el resto del país. Muchas de las personas que viven en España de la profesión política parecen encantados de este pesimismo o pasotismo crónico que nos afecta. Lo nuestro no nos entusiasma y ellos aprovechan ese “lo nuestro” y lo convierten en “lo que ellos proponen o no hacen” para apuntarse el tanto (imaginario o descaradamente falso) de que en sus manos está la salvación, de que con ellos las cosas serán distintas y mucho mejores, de que nos darán motivos para sentirnos orgullosos, ahora sí, de ser españoles y de haberlos votado en las últimas elecciones.

Pero, amigos, la triste realidad es que todos, todos, acaban cayendo en la misma historia. O mejor dicho, únicamente intercambian papeles en la misma obra, como cuando en España se sucedían los gobiernos de diferentes signos elecciones tras elecciones, dándoles a los españoles de entonces una falsa apariencia de democracia (que igual era lo que se merecían y lo que nos merecemos ahora, por mendrugos). En fin, terminemos. Entre políticos memos, políticos corruptos, prelados fascitas reconvertidos en adalides de la democracia y demás caterva de chorizos y aprovechados, uno entiende o intuye por qué los españoles recelamos cada vez que se habla de un logro o mérito español. Preferimos quedarnos siempre con Nadal o Adrià, gente que obtiene sus méritos a la vista de todos, de manera intachable.


Responses

  1. Supongo que una consecuencia de lo que cuentas es que, para algunas cosas, en España todo el mundo piensa que lo de fuera es mejor. Si digo que estoy estudiando una carrera a distancia con la London University, todo el mundo piensa que soy un crack, cuando por la UNED hay el triple de temario y los exámenes son mucho más dificiles. Pero como es española, algo malo tendrá, mucho mejor lo de Londres, que ahí sí saben lo que hacen.

    En cambio, como dices, para otras cosas, como la gastronomía o los deportes, donde esté lo español, que se quite lo demás. Si hay jamón de Jabugo, que se quite el canard a l’orange.

    Esta es una curiosa dicotomía del pueblo español que no alcanzo a entender, por más que me esfuerzo.

  2. Bueno, yo creo que concurren varias circunstancias que podrían suponer una explicación. Nunca ha tenido España una tradición de calidad que haya sido publicitada eficientemente y cuando ha sido posible hacerlo, como digo, las campañas se han tomado como o se han interpretado como un intento orientado políticamente. De aquí, unido con la tradicional desconfianza hacia el estamento político del español de a pie, se puede entender una parte del rechazo.

    Otra posible razón que se me ocurre, al hilo y en paralelo con la anterior, podría ser el desconocimiento. ¿Quién sabía quién era Ferrán Adrià hace diez años? Ahora, Andrés Pajares, Belén Esteban y toda la demás ralea que campa a sus anchas por esa herramienta educativa infrautilizada que es el televisor, es conocida hasta en Pernambuco.

    No nos queremos demasiado, la verdad que no.

  3. Tienes toda la razón. No recuerdo quién dijo que España sobrevivía a pesar de los españoles…

  4. Amén


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