Posteado por: Andrés | abril 14, 2008

¡Vámonos de boda!

Bueno, el sábado nos tocó asistir a la boda de un primo de mi mujer. A la celebración, como se llevaba a cabo en un pueblo pequeñito, acudió pues más o menos, la mitad del mismo porque la madre y la cuñada de la novia eran de dicho pueblo.

Vaya por delante que a los novios los conocí hace dos años al coincidir en unas ferias (o sea, de chiripa y de pasada) y mi impresión sobre él fue que se trataba del típico hombre campechano, mientras que de ella no pude extraer más que una leve sensación de extrañeza: no hablaba. El sábado obtuve más datos, dado que ella sí que habló (no es que fuera muda, sino tímida y por eso se abstuvo de hablar con nosotros) Pero eso lo comento más adelante. A lo que yo quiero llegar es a la impresión general de la boda, que fue como un poco desproporcionada. Y me explico. Se casaron en una capilla de pueblo, con aforo como para unas 75 personas máximo (a grosso modo) mientras que el número de invitados pasaba de los 200 (como consecuencia, los tíos nos chupamos la misa de pie). La novia llegó a la boda en una calesa descubierta conducida por un jerezano. Muy romántico y tal, pero estando en el norte, el chofer vestido de jerezano daba el tanto el cante como Paco Clavel en una reunión de judíos ultraortodoxos (por poner un ejemplo). Pero lo mejor estaba por llegar, porque la ceremonia era una ¡¡misa rociera!!. Yo esperaba las típicas obras de Händel, Bach y compañía, pero no, tuve que chuparme la salvé rociera, viendo a la gente delante de mí balanceándose al compás de las palmas y las castañuelas. Totalmente fuera de lugar.

El caso es que, como tenían la calesa alquilada, los novios fueron en ella a hacerse las fotos y del lugar de las mismas al del banquete también. En coche tardamos unos 20 minutos, pero todo el proceso en un “dos caballos” debió llevar mucho más, de modo que el aperitivo se alargó hasta las cuatro y la comida hasta las siete. Dicha comida fue más que correcta en su presentación y en su composición, incluyendo dos pescados (bogavante a la plancha y rodaballo en salsa), un solomillo de muy buena calidad y un precioso y sabroso pastel de crema y chocolate con fresa y bizcocho. Bueno.

Por último, dos apuntes. Primero, comimos en un lugar increible, lujoso y con clase (de hecho, creo que en ninguna de las bodas a las que he asistido en dos años he sentido que el lugar estaba por debajo de mi listón de calidad) pero tras la comida se desplomó el nivel porque la orquesta consistía en un tipo con bigote y su Mega-Casiotone-Pro-Wedding 2.0. Otra vez, fuera de lugar.

Y segundo, amigos, si necesitáis unos zapatos nuevos, diré una palabra, solo una: Martinelli. Nunca he tenido la oportunidad de estrenar unos zapatos sin haberlos dado de sí en la horma y que no me hayan destrozado los pies en una boda. Además, son diseño italiano, con todo lo que ello conlleva en cuanto a estética, aun dentro de las líneas clásicas que exhibe (por cierto, no me llevo comisión ni tengo acciones)


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