Esto es una reflexión que madura en algunas capas internas de mi cerebro desde hace algunos meses. Todo el mundo está loco por vender y es entendible, ya que La Crisis acecha en las esquinas como (o peor que ) Jack El Destripador. Los potenciales clientes, aglomerados en sus bancos, nadan por las procelosas turbulencias monetarias con la desconfianza como bandera y claro, las empresas, fabricantes, bancos y demás mercachifles no venden tanto como desearían. ¿Qué hacer? Fácil, poner continuamente sobre el caladero de comsumidores una red de arrastre, de manera que, a la larga, el pez acabe en mi cesta. Ejemplos:
- En nuestro viaje de novios, que nos fuimos de crucero, la megafonía del barco bombardeaba continuamente a los pasajeros con ofertas especiales de 24 horas de duración. Todo en el barco era vendible y te lo recordaban continuamente. Si querías comprar algo que ellos no tenían, te ofrecían otra cosa a cambio. Sin pudor ninguno, la cosa es vender.
- En los 40 principales, líder de la música para descerebrados en España, contínuamente están promocionando sus productos, los discos de ciertos artistas y los servicios de terceras empresas, para terminar reduciendo el tiempo musical a una fracción bastante reducida por cada hora de emisión.
- El ejemplo más sangrante es el del Telediario de Antena 3 (por llamarlo de alguna manera, que bien podría ser un informativo americano; cada vez que lo veo, me entra un acojone de no tener una ametralladora de posición en mi ventana, apuntando a la calle…) Cuando tendrían que informar, se dedican a proporcionarnos noticias chorráceas, que, analizadas de manera objetiva, no son más que reclamos publicitarios de ciertos sectores industriales.
Que vale, muchas veces es necesario hacer un poco de publicidad para animar al personal a comprar algo, lo que sea. Pero basta ya de bombardeos. ¿Acaso la gente no es capaz ella solita de comprender la necesidad de consumir? Parece que no. Los que venden tampoco lo ven claro. Pienso lo siguiente: las mentes de los consumidores están apagadas. No realizan análisis críticos de las situaciones con las que se encuentran, actuando por impulsos momentáneos. Los anuncios, son, por tanto, momentos que incitan al comprador. Manteniendo al objeto sometido a un impulso más o menos constante (digamos, una periodicidad de una hora o así) aquél se irá acercando lentamente al objetivo de esta inversión de energía y dinero: comprar algo.
Realmente, algunos no debieron salir nunca de Valladolid, pero es que otros no debieron bajar nunca del árbol; estaban mejor allí, a ver si se los comía un león o una hiena.





